Por un doble motivo (consecución del doctorado eclesial y la realización del nuevo sepulcro segoviano) interesa acercarse a la figura del que fuera obispo de Segovia durante algo menos de un decenio (1920-1928), Manuel de Castro Alonso; antes lo había sido de Jaca (1913-1920), luego terminó siendo arzobispo de Burgos (1928-1944), y todos reconocen haber sido muy fructífera la etapa segoviana, a deducir de los logros conseguidos en tan poco tiempo, además de las tareas habituales de pastor diocesano. Tales méritos como la restauración del monasterio del Parral y de la Orden Jerónima que allí vuelve a establecerse después de algo más de un siglo de ausencia (1925); la entrega del Santuario mariano del Henar a los Carmelitas de la Antigua Observancia, Calzados (1924); la configuración del archivo diocesano y del museo catedral. Pero ahora nos interesa recordar su relación especial con san Juan de la Cruz en aquellos años, hasta el punto de que fue conocido, incluso fuera de España, como el Obispo de San Juan de la Cruz.
Raíces carmelitas en su Valladolid natal
Hombre de antigua tradición carmelitana ya desde su infancia en Valladolid, ciudad en la que contactó con los frailes carmelitas de San Benito y en cuya Orden Tercera de la Virgen del Carmen ingresó ya a sus 14 años (8-7-1877), lo mismo que otros miembros de su familia. Es decir, antes de su ordenación sacerdotal (19-12-1885) ya estaba bien imbuido de la espiritualidad carmelitana. De aquella Orden Tercera sería miembro destacado y hasta Hermano mayor algún tiempo. Una relación jurídica y espiritual que mantuvo y de la que alardeó siempre, incluso en su etapa posterior de arzobispo burgalés (1928-1944). Por eso, podemos presumir que gozaba de una consideración especial entre los carmelitas descalzos, pues era realmente Terciario Carmelita Descalzo. Y este precedente que tanto pesaba sobre su personalidad espiritual, no cabe duda de que tuvo su parte en la opción tan comprometida que él tomó de inmediato por la causa del doctorado eclesial de San Juan de la Cruz, cuya presencia y sepultura, daba tanto lustre a la propia diócesis segoviana.
Tenía hacia el Santo carmelita una especial inclinación y conocimiento, dado que su vida y doctrina habían formado parte de su formación espiritual y de su vivencia sacerdotal; no le era un autor místico más, sino un referente especial e ineludible, al estar familiarizado con sus obras desde la juventud y, por lo tanto, era un convencido partidario de darle al Santo el rol y el papel teológico y magisterial que ya ejercía en la Iglesia desde su beatificación. Pero no parece que su idea y propósito nazca precisamente de la conmemoración centenaria que se acercaba (1926), ni creo tampoco que haya sido una insinuación de frailes y monjas carmelitas de la ciudad de Segovia (ninguno de este ambiente lo ha dicho ni presentado así), sino que nace de su propia convicción, de lo que sabe y conoce, como también del papel que ahora le toca ejercer como obispo de esta ciudad y diócesis sanjuanista por excelencia. Muy acertadas son sus palabras, también acerca del valor literario de la escritura del Santo: “Y tan alto suben y con tanta fuerza [sus poesías], que, aun en lo humano, llegan a ser una de las piezas más hermosas de la literatura castellana del Siglo de Oro; por lo que el místico de Fontiveros no solo es Doctor de la Iglesia universal, sino de la literatura española y de la pureza del lenguaje” (El Diario de Ávila, nº extraordinario, 17-9-1927).

El camino sinuoso del doctorado sanjuanista
Justo cuando entra como obispo en Segovia (17-10-1920) ya el Capítulo general del Carmelo Teresiano, unos meses antes había decidido reanudar el tema del doctorado sanjuanista, por lo que podemos decir él está al corriente del asunto y ha empezado a tratarlo con los frailes de Segovia, y así comienza ya a planificar el método a seguir, porque de hecho siempre afirma en la documentación contar con el apoyo y beneplácito de la Orden Carmelitana. Y así en 1924 prepara un texto impreso de carta recomendando el formulario –también impreso- que cada obispo debe aceptar, firmar y enviar a la Santa Sede solicitando la declaración de San Juan de la Cruz como doctor de la Iglesia (entre 1925-1926). Pero incluso él mismo escribe a la Santa Sede una carta postulatoria personal (24-12-1925), donde explica y desarrolla un argumento que entonces se impondrá, aquel de que, así como Santo Tomás de Aquino es Doctor en la teología escolástica y san Alfonso María de Ligorio en la Moral, así San Juan de la Cruz lo es en Teología Mística. Pues bien, toda esta documentación preparatoria ha llegado hasta nosotros hoy día, incluso las cartas más personales de obispos enviadas al prelado segoviano. Y así lo decisivo para el asunto fue constatar la amplia respuesta y acogida que tuvo esta iniciativa (fue lo más importante) puesto que aquel formulario impreso de la carta postulatoria la firmaron unos 457 obispos, pero esto ya en el 1926, y éstos procedían de todo el mundo católico (España, Europa, África, Asia, América latina, Canadá, USA, Oceanía…). E incluso lo hicieron con una carta postulatoria propia e individual algunas instituciones académicas como la Universidad católica de Lovaina, el Instituto Católico de Paris, la Universidad Gregoriana de Roma, la Universidad Católica de Milán, las Universidades eclesiásticas y civiles de España (este texto muy bien organizado y redactado); y también los superiores Generales de los Carmelitas Calzados y Descalzos, Jesuitas, etc.

Verdaderamente aquello fue un monumento histórico y teológico, pronunciado a coro y reconociendo los méritos de Juan de la Cruz en la historia de la teología y de la mística cristianas, porque está claro que en este momento el campo ya se lo había ganado el Santo místico con la difusión y autoridad de su doctrina espiritual. Pero, hay que reconocerlo, todo este movimiento favorable partió desde Segovia, y la figura y autoridad de su obispo fue el punto de arranque, el más autorizado que propició este ambiente eclesial a favor de san Juan de la Cruz, como así lo decía él mismo, sin rubor alguno: “de Segovia ha salido el mundial movimiento que ha decidido su declaración de Doctor” (Carta, 15-12-1926).

Todo esto sirvió de apoyo fundamental demostrando que era un deseo de la Iglesia Universal, y también era un paso necesario a cumplir, pero la parte fuerte se la llevó el documento de refrendo, la llamada “Positio” en donde diversas exposiciones de peritos (votos), fundamentaron histórica y teológicamente el valor y conveniencia del título doctoral solicitado para el Santo, un texto oficial para presentar al Vaticano y que fue trabajado y elaborado con mucho cuidado por la Orden Carmelita. Y así concluyó todo en forma positiva, y vino el pase y la aprobación por parte de la Sagrada Congregación de Ritos (27-7-1926) más luego la correspondiente carta papal de Pio XI proclamándolo solemnemente Doctor de la Iglesia (24-8-1926). Toda esta documentación hoy ya ha sido publicada en forma conveniente y es accesible al público: “San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia. Documentación relativa a la declaración oficial” (Roma, Teresianum, 1991).
La Orden y todo el ambiente eclesial reconoció la labor del obispo segoviano, que pasó a ser reconocido como “el obispo de San Juan de la Cruz”, mientras que él gustaba de proclamar a Juan de la Cruz como el “Doctor místico de Segovia” y a Segovia como el “Pueblo de San Juan de la Cruz”; pero en la diócesis castellana vecina no titubeaban tampoco en llamarle el “Doctor místico de Ávila y de Fontiveros”. Y no era para menos, porque Juan de la Cruz era el primer Doctor español reconocido como tal después de Isidoro de Sevilla.
Una devoción completa: “Segovia por San Juan de la Cruz”
Además de organizar y animar las fiestas del II centenario de la beatificación del Santo y de su doctorado eclesial (1926-1927), el prelado segoviano escribió la correspondiente carta pastoral (15-12-1926), difundida también en forma de cuadernillo impreso, en donde insiste: “siempre se le ha tenido como el primero y más alto de los místicos; y así como San Agustín y Santo Tomás de Aquino empuñan el cetro y tienen el principado de la Teología dogmática, y San Alfonso María de Ligorio el de la Teología moral, San Juan de la Cruz tiene el de la Teología mística en su más elevada concepción”. Y saca las consecuencias prácticas: “que se comience a conocerle, amarle y venerarle, como a uno de los mayores tesoros que encierra Segovia”. Y ya enuncia el propósito que se trae entre manos para no desaprovechar esta ocasión:”la Orden Carmelitana ha tomado a su cargo la construcción de un magnífico sepulcro, cuyo proyecto ha sido encargado y está ya comenzando a ejecutar uno de los artistas españoles más espirituales y de más renombre, con todo el amor que un gran maestro puede poner en su obra predilecta”. Esta alusión discreta, en realidad, esconde la parte importante que el obispo Castro tuvo en el proyecto del nuevo sepulcro sanjuanista realizado por el artista Félix Granda Buylla (1868-1954). Las cosas fueron de este modo, según lo recuerda un testigo cualificado, el prior del convento carmelita segoviano, Valentín de San José (1896-1989): “Nuestro Padre General había -años antes- visto la iglesia y deseaba se pusiese toda ella decente, no sólo el sepulcro y su capilla, pues por las humedades bien necesitaba arreglo. Después de varias cartas cruzadas entre nuestro padre General y el señor obispo Manuel Castro y Alonso -hoy arzobispo de Burgos- sobre los proyectos de cada uno, acordaron, …que, puesto que el señor obispo quería solo que se embelleciese el sepulcro con toda grandeza, él se encargase del sepulcro, y la Orden de la iglesia y capilla; el olvido de esto ha sido la causa de los disgustos, queriendo el señor Obispo pagase la Orden lo que él había encargado” (Segovia.PP., Libro de becerro, A-I-1, fol. 354r). No sólo el encargo explícito a Granda, sino la responsabilidad y dirección, más el pago material de las obras (sólo del recinto del nuevo sepulcro) dependieron efectiva y directamente del obispo Castro, el cual se movió diligentemente para que fuese un monumento digno del Santo ahora, a la vez, poeta y Doctor de la Iglesia. Así lo demuestra y plasma el resultado artístico todavía hoy a nuestra mirada atenta: por todas partes campea el escudo episcopal en forma preeminente (y exagerada), acompañado del escudo de Segovia y de la Orden del Carmen.

Apurado por el coste económico de la obra, el obispo Castro, ya en la marcha avanzada del monumento, quiso que la Orden Carmelitana se implicara más en el tema económico, y así hubo sus diferencias, como le confesaba él mismo, un tanto desilusionado, al Superior General Carmelita: “¡Qué pena, que en una obra que he puesto todos mis anhelos, para perpetuar esta fecha memorable, en honor de la, para mí, tan querida Orden, ésta la tenga como extraña. Yo le ruego reflexione y tome esta obra como de su Orden y la acabe. Yo no puedo hacer más. Merced a mis gestiones se hizo, merced a mis trabajos se ha conseguido una suscripción entre mis amigos y conocidos y fieles de esta Diócesis de unas 30.000 pesetas; merced a mi amistad con el artista, lo que todos calculan en 250.000 a 300.000 pesetas, no son más que 125.000. El artista pide, ¿qué hacer? Ciertamente si Usted aviva a los suyos y muestra deseos vehementes de que se cubra, se cubrirá… Yo le pido y suplico active la suscripción y salgamos pronto y airosos de este asunto” (10-12-1927: Roma, Archivo General OCD, Castellae, Segovia). A la par de quejas y acusaciones, al mismo tiempo aquí nos ofrece el coste total de la obra, pero es una prueba evidente que entre frailes y obispo hubo sus diferencias, más acentuadas en el 1928 (todavía sin pagar buena parte de la obra del sepulcro), cuando éste ya había sido ascendido a arzobispo de Burgos y le urgía una solución rápida, puesto que no quería quedase pendiente esta mancha sobre su etapa episcopal segoviana. La Orden había tenido el detalle de concederle en vida una de las llaves del arca interior de las reliquias, pero además reconoce abiertamente el papel insustituible que ha tenido por “la riqueza del nuevo Sepulcro, que la Orden toda, el genio altamente artístico del Sr. Sacerdote Granda, y la cooperación inteligente, decidida y eficaz del Excmo. Y Rvdmo. Sr. Castro, Obispo de Segovia, gran enamorado del Santo, han levantado al más humilde y perfecto de los hijos de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz” (8-12-1927: Mensajero S. Teresa, 1927, p. 323). El carmelita pone las cosas en su justo lugar, pero no deja en la penumbra al obispo, sino que reconoce su parte activa. Otro de los homenajes más duraderos y que se llevó consigo a Burgos, no fue solo el regalo de la cruz arzobispal por parte de toda la diócesis segoviana, labrada también por Granda, sino la publicación de un volumen que en 286 páginas recoge todas las crónicas y documentación del doctorado y centenario sanjuanistas: “Homenaje de devoción y amor a San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia”, Segovia, El Adelantado, 1928. Así no se perdió la memoria agradecida hacia este obispo segoviano que se preocupó tanto del merecido reconocimiento eclesial, como también de la mejor disposición del sepulcro del santo Doctor, aunque éste no de todos reconocido como la tumba más acorde a la figura de Juan de la Cruz, pero sin duda, todavía hoy, es un monumento artístico y religioso digno de esta ciudad milenaria.
Con razón la lauda sepulcral burgalesa reza así en lengua latina, que nosotros traducimos: “Don Manuel de Castro, pastor vigilante, cultivador de la historia, protector de las artes”.

—
* Por Manuel Diego Sánchez, carmelita descalzo
